viernes, 10 de junio de 2011

Argullol en estado puro: Breviario de la aurora

Rafael Argullol (Barcelona, 1949), publicó en el año 2006 este Breviario de la aurora, un intenso y lírico ejemplo de fusión entre pensamiento poético e intuición creadora. Según su autor, el libro nace con voluntad de concisión, y debe ser entendido como un trabajo que discurre en paralelo a su Enciclopedia del crepúsculo, más vigorosa y abultada. Tras la portada –una ilustración de arte mogol del siglo XVI de elegante y prometedor diseño– aparece un prefacio brevísimo y directo del autor. Son 360 definiciones (obsérvese que el número es más identificable con los grados sexagesimales que con los días del año), cuya organización alfabética facilitan su hallazgo. El escritor, consciente de que la brevedad puede hacer incurrir la definición en el laconismo, utiliza la técnica del aforismo, alejándose del aserto y del axioma para construir sus definiciones, las cuales, como él mismo reconoce, han sido escritas en cualquier momento del día, aunque algunas voces surgieron tras la neblina del sueño, y, de manera frecuente, durante el insomnio.

CULTURA: A la sombra del bosque de símbolos.

ESENCIA: Corazón desnudo de la rosa.

IMAGINACIÓN: El viaje hacia todas las direcciones.

ORIGEN: El largo rodeo a través del infinito para llegar a casa.

Es obligatorio, de manera común, asistir a momentos crepusculares cuando nuestra jornada está a punto de finalizar. Pero presenciar las auroras, los amaneceres de nuestros días, es opcional. La aurora pasa más desapercibida, más inadvertida, porque el propio y violento arranque de nuestras agitadas jornadas hace que, delante de nuestras narices, se vuelva invisible. Acaso sea por eso que buscando dentro de este amplio breviario –perdón si el oxímoron resulta exagerado– la voz AURORA, el autor nos lo define como el regalo cotidiano que no hemos hecho nada por merecer.

A nuestro juicio, este Breviario…, compone una seductora entrega más del escritor, filósofo y viajero, cuyo objetivo es activar la reflexión continua, poderosa arma contra la débil actividad intelectual, inherente, a veces, a la existencia moderna.

CG / Pepe Amodeo
Música de fondo: Concierto en re menor. Adagio. Alessandro Marcello (Venecia, 1669-1747).

miércoles, 11 de mayo de 2011

Duchas: Muñoz Molina vs McEwan

—Ni que fuéramos a tirarnos de cabeza al mar —mi tío, jovialmente, ya se había situado exactamente debajo de la alcachofa de la ducha, y sujetaba el alambre—. ¿Preparado?
Dije que sí, casi pegado a él, en el espacio escaso del cobertizo, y entonces mi tío tiró del alambre, cerrando los ojos, y al principio no pasó nada y volvió a abrirlos. El mecanismo debía haberse atascado. Mi tío tiró otra vez, con más fuerza, y se quedó con el gancho de alambre en la mano, pero entonces el agua empezó a caer sobre nosotros, fría, en hilos muy finos, como una lluvia desconcertante y gozosa, y mi tío llamó a gritos a mi madre y a mi abuela y abrió la puerta de tablones del cobertizo para que las dos vieran la maravilla de la ducha que caía sobre nosotros y chorreaba en el suelo. Recibíamos el agua con las bocas abiertas y los párpados apretados, como una lluvia benévola que se pudiera manejar a voluntad. Mi tío me hacía cosquillas, me frotaba su trozo áspero de jabón por la cara, me apartaba para recibir él todo el chorro, y mi madre y mi abuela se reían tan escandalosamente al vernos que pronto llamaron la atención de las vecinas en los corrales próximos.
—¿A qué vienen tantas risas?
—Los vecinos, que han puesto una ducha.
—¡La ducha! —dijo mi tío, a voces—. ¡El gran invento del siglo! El día que me case me daré una gran ducha antes de vestirme de novio...
Entonces, tan bruscamente como había empezado, aquella lluvia suave y fría se interrumpió, y mi tío y yo nos quedamos mirándonos, las caras y el pelo llenos de jabón, los pies chapoteando en agua sucia, junto la taza del retrete, una o dos gotas escasas, con color de óxido, cayendo despacio de la alcachofa de la ducha.

El viento de la luna. Antonio Muñoz Molina
Seix Barral. Biblioteca Breve. Barcelona, 2006. pp. 31-32
Crítica de la novela en Letras Libres.

—oOo—

Henry se coloca debajo de la ducha, una cascada potente bombeada desde el tercer piso. Cuando esta civilización se derrumbe, cuando los romanos, sean quienes sean esta vez, se hayan marchado por fin y empiece la nueva era de las tinieblas, esto será uno de los primeros lujos que perdamos. Los viejos acuclillados junto a las hogueras de turba hablarán a sus incrédulos nietos de que en mitad del invierno se ponían desnudos bajo chorros de agua caliente y limpia, les hablarán de pastillas de jabón perfumadas, de ámbar viscoso y líquidos bermellón con que se frotaban el pelo para dejarlo reluciente y más voluminoso de lo que era en realidad, y de gruesas toallas tan grandes como togas, extendidas sobre rejillas calientes.

Sábado. Ian McEwan
Anagrama. Panorama de narrativas. Traducción de Jaime Zulaika. Barcelona, 2005. pp. 177-178
Crítica de Sábado en Letras Libres.

domingo, 3 de abril de 2011

Correr, de Jean Echenoz

Que nadie busque en esta biografía de Emil Zátopek listas exhaustivas de las marcas conseguidas por el atleta checo, o puntuales fechas de sus innumerables hazañas deportivas... Nada de eso. Zátopek —¿no suena ese nombre a locomotora?— aparece a lo largo del relato como un héroe denodado que resulta humilde en todas sus victorias: no pide disculpas por ganar pero jamas se ha podido contermplar a un ganador tan ajeno al éxito conseguido; no estamos ante un depredador, un oportunista, de los que tanto abundan hoy en diversas órdenes de la vida pública, incluido el atletismo, acaso reconocido como el más excelso de los deportes, ni tampoco estamos ante un virtuoso que despide cierto olor a naftalina. Pero también es probable que el Zátopek del que nos habla Echenoz no fuese el verdadero, aunque ello no importe: al verdadero no lo conoceremos jamás, ya que esa dicha sólo le estuvo permitida a unos cuantos. No obstante, el novelista nos permite aproximarnos a un héroe singular, cercano, entrañable.

El relato comienza con las tropas nazis penetrando en la Moravia y finaliza, en el capítulo 20, con la invasión de los tanques, esta vez del Pacto de Varsovia, en las calles de Praga. Curioso cierre de círculo, si constatamos que en las pistas de atletismo el punto de inicio de una carrera es también el final de la misma. En este largo paréntesis asistimos a la ascensión brillante y al declive —discreto y razonable en lo deportivo, lacerante y doloroso en lo personal—, del héroe que iluminó los Juegos Olímpicos de Helsinki de 1952. Este checo, que llegó tardío al atletismo, venció en los 10.000 metros; tres días más tarde vuelve a vencer en 5.000; al cuarto día vuelve a enfundarse la camiseta y compite por primera vez en su vida en la maratón, logrando el tercer oro. Nadie lo había conseguido con anterioridad y nadie lo ha conseguido desde entonces.

Existe un aforismo que describe a la perfección la diferencia entre la velocidad y el gran fondo: si quieres ganar corre cien metros, pero si quieres vivir otra vida corre una maraton. Acaso sea esta la razón por la que el héroe, este héroe, resulta ser una persona conectada con su tiempo, estableciéndose un paralelismo permanente entre su propia vida y los acontecimientos políticos y sociales que convulsionaron al mundo en la segunda mitad del siglo XX. La lectura de Correr* supone contemplar un retablo levantado para mostrar un perfil nítido y creible, el del personaje principal, que compartió espacios y contrastes con su tiempo. Luego llegaron los claroscuros, aquellas sombras amenazadoras que en vano lograron pervertir la luminosidad del dulce Emil, un hombre que se valió del polvo que levantaron sus zapatillas para la construcción de un horizonte propio, capaz de transmitir esperanzas e ilusiones a quienes, desde la lejanía de la historia, lo seguimos admirando.

CG / Pepe Amodeo

*: Correr. Jean Echenoz. Anagrama. (Barcelona, 2010). Traducción de Javier Albiñana.

jueves, 20 de enero de 2011

Es medianoche y hay luna llena ...

... pero no hay perigeo, ni apogeo, ni eclipse parcial ni total. Lo que me trae aquí, y ahora, se llama insomnio y esta noche tiene un más que probable origen: haber finalizado la relectura, después de diez años, de Soldados de Salamina, de Javier Cercas. Y es que ni siquiera he podido entrar en la fase de vigilia (estado hipnagógico según los psicólogos y neurólogos, inverosímil puente hacia el sueño profundo), pensando en el desgarbado Stacy Keach, el joven Jeff Bridges y la atormentada Susan Tyrrell: los tres recorriendo las calles y los bares de Stockton, la ciudad del saludo cómplice entre Roberto Bolaño y Antoni Miralles, el milagroso héroe superviviente de dignísimas y patrióticas batallas, pero al que nadie, en la novela de Cercas, le había dado las gracias. Luego, como si de una sesión doble se tratara, he recordado otra soledad, la de Fredrich March en el film Middle in the night, una memorable película que Delbert Mann realizó, en blanco y negro, en 1959.

Me asomo a la ventana y compruebo que sí, que allá en lo alto la luna está llenísima. Y me acuerdo del poema La cifra, de Jorge Luis Borges... ¡Cuántas veces se nos ha dado contemplarla, y cuántas se nos ha dado, también, disfrutar del sabor extraordinario de un beso! Y por estos actos —infinitos, únicos, sublimes—,  nunca, nunca, nos acordamos de dar las gracias...

La amistad silenciosa de la luna
(cito mal a Virgilio) te acompaña
desde aquella perdida hoy en el tiempo,
noche o atardecer en que tus vagos
ojos la descifraron para siempre
en un jardín o un patio que son polvo.
¿Para siempre? Yo sé que alguien, un día,
podrá decirte verdaderamente:
No volverás a ver la clara luna.
Has agotado ya la inalterable
suma de veces que te da el destino.
Inútil abrir todas las ventanas
del mundo. Es tarde. No darás con ella.
Vivimos descubriendo y olvidando
esa dulce costumbre de la noche.
Hay que mirarla bien. Puede ser la última.

La cifra, Jorge Luis Borges. 1981

Es tarde. Y, aunque sé que algún día me equivocaré, vuelvo a confiar en que no será la última vez que veré la luna. Pero antes de dormir —o de intentarlo—, me concederé unos minutos para escuchar a Kris Kristofferson en Help me make it trought the night, la banda sonora de Fat City. Y de nuevo, entre las sabanas, volveré a imaginar que acaso, un improbable día, alguien tan honorable como Miralles me concederá el honor de pedirme que lo abrace... Y si eso sucede en un futuro remoto, me gustaría tener la sensibilidad, el acierto, del Javier Cercas de la novela, reconociendo —y apreciando, claro—, "el olor desdichado de los héroes".

CG

jueves, 6 de enero de 2011

Noche de Reyes

Cuántas noches como ésta permaneciste en vela,
a la espera del alba,
apoyado de pechos en tu almena,
insomne centinela de la ciudad cansada,
y cuántas otras noches
la fatiga y la pena concertadas
en la raya del día te vencieron.
Las cuentas están claras:
soledad, soledad y muchas noches
como esta misma noche, solitarias.

La tristeza es un tiempo
en que no pasa nada,
porque pasó lo que pasar debía
como si no pasara,
como si fuera el gasto corriente de la vida,
algo sin importancia:
la moneda menuda que olvidamos
en los bolsillos de la ropa usada
o esos números viejos de teléfono
a los que nunca llamas.

A lo lejos se apaga un ruido de motores.
Silba el viento en su flauta
una monodia trémula.
Llueve en la interminable madrugada
y refleja la luz de los faroles
el húmedo encachado de la plaza.
Alguien camina por los soportales.
Se ha fundido ya el hielo en tu vaso de malta.
Llueve en esta vigilia sin consuelo
donde sólo la noche te acompaña.

Noche de Reyes. Jon Juaristi, Tiempo desapacible. 1996

Los lunes, poesía
Antología de poesía española contemporánea para jóvenes
Selección de Juan Carlos Sierra. Poesía Hiperión. 2004

Música de fondo: Pavana en Fa menor sostenido. Op.50. Gabriel Fauré

sábado, 1 de enero de 2011

Cambio de década

Permitidme que me exprese como de aquellos que piensan que la decada comienza hoy, y no justamente hace un año. En cualquier caso, he aquí mis desasosiegos entre pasado, presente y futuro. Desde luego, si he de elegir, prefiero el ciego, feroz y comprometido presente ...

De cuanto mis ojos ven
Tarde o temprano sangrará tu herida,
y no será momento de hacer frases.

La herida. Luis Alberto de Cuenca
Florilegium. Poesía última española. Austral, 1982

De cuanto mis ojos ven, son las claridades las que anchan mis ademanes.

De cuanto mis ojos ven, son los espacios los que llenan mis memorias.

De cuanto mis ojos ven, son los colores los que adentran mis pasiones.

Abriendo los ojos para nutrir gestos, evocaciones y ardores,

cometo descuidos. Entonces se me cuelan, hasta el alma, los brillos

y oropeles que el futuro promete, enfrentados al desván

de los actos pasados, con los celos y júbilos ya emigrados y lejanos.

Ahora mi obligación es seguir vigilando mi equipaje, mis redes,

que del encuentro entre pasado y futuro

-veneros de tinieblas y sables efímeros-,

han de venir las actas jubilosas a que el presente obliga.

CG

Música de fondo: Estranha forma de vida. Amalia Rodrigues

miércoles, 22 de diciembre de 2010

O Fortuna

Oh, Fortuna. Con mayúscula. Un nominal que infiere alegría la mayoría de las veces, pero que, como escribieron los anónimos goliardos de la época, “siempre cambiante / creciendo y decreciendo, / unas veces oprimes y luego calmas; / la miseria / y el poder / se derriten como el hielo / ante tu presencia”.

Hoy es el día. Hoy se romperán muchos sueños, pero unos pocos “afortunados” podrán subirse a la superficie generosa de la rueda... Que les dure mucho. Que ojalá les dure para siempre... Tanto, que cuando la cara oscura de la rueda vuelva a pedirles tenebrosos intereses por las venturas recibidas, hayan olvidado el juego. Y de nuevo renacerá en ellos la ilusión por ascender desde los infiernos, de volver a alcanzar el lado brillante de la rueda... Et sic in infinitum.

CG / Pepe Amodeo

viernes, 30 de julio de 2010

Rolando Campos, un año más...

"... por decirlo así coge por sorpresa y ataca por la espalda a la inteligencia." Con esta frase extraída de un personaje de William Faulkner concluía Begoña Medina su particularísimo adiós a Rolando Campos, un artículo que apareció en El País del 8 de agosto de 1998.

Han pasado doce años y unas personas muy ilusionadas de mi entorno me acaban de comunicar que se marchan de vacaciones. A Asilah: al sur de Tánger, una perla atlántica, el sueño de músicos, poetas y pintores. Me cuesta guardar silencio, aunque sólo vienen a mis labios la formalidades de rigor, pero mi cabeza está en otra parte. En cuanto puedo, acudo a mi biblioteca. Abro el ejemplar pertinente de Litoral y busco el poema que Josefa Parra le dedica al azul de esta ciudad, que dice así:

Calles de Asilah

Quise escribir "azul"
y encontré la pureza
de tus calles cubiertas de turquesas y flores.
La cal contra el silencio de un cielo de verano.
Esquinas donde el sol bordaba el mediodía.
Espliego y yerbabuena, el mar alto, la vida
y el ameno rumor también azul de un nombre.

Por un segundo imagino que en aquel verano del 98, cuando RC miraba aquellos blancos y azules, ya habría encontrado la manera de conjugarlos con los movimientos contínuos que tanto lo caracterizaba, protegido por su destreza en el manejo de cielos flamígeros, destelleantes, habituales en la Sevilla que lo vio crecer como pintor y como hombre.

Josefa y Rolando probablemente nunca se conocieron, pero me gusta pensar que hay algo que los unirá eternamente: ambos evocaron, paseando por sus calles, un nombre. La primera lo confiesa en el poema. Del segundo sólo tengo la conjetura -irreal e improcedente, ya lo sé-, proporcionada por su capacidad para capturar colores, formas, perfiles, siluetas, ... y esa era su manera de nominar un universo propio al que, con toda generosidad, invitaba a todos los que a él se acercaban. Sólo que esta vez quiso que la invitación estuviera aderezada con un silencio perpetuo y una ausencia que todavía duele. Lo cogió por sorpresa y atacó por la espalda a la inteligencia. A la suya, a la de todos.

CG

sábado, 24 de julio de 2010

Las ciudades, el viaje

Una era construye ciudades.
Una hora las destruye.
Temístocles, c. 524 - 459 a. C.

Las ciudades que más me subyugan son las que aún no he llegado a conocer. Y no es que me hayan decepcionado algunas de las que sí he conocido, que también, sino porque estoy de acuerdo con la frase de Eduardo Punset aparecida en Babelia el pasado 10 de julio: La felicidad está en la sala de espera de la felicidad. Nada hay más ilusionante que tener ilusiones. Nada hay más ilusionante que disponer de una Ítaca en el horizonte, sabiendo que cuando la alcancemos -y salgamos de ella-, todo será igual pero nosotros nunca seremos los mismos.

Visitar una ciudad sólo por tener voluntad de hacerlo -el viaje, ese trasunto del camino que representa la vida-, ha logrado, poco a poco, cincelar sensaciones desiguales en mi memoria, creando una especie de sentimentalidad lejana de lo cotidiano. Pero en realidad no sé qué era lo que perseguía al visitar Brujas, Salamanca, Venecia, Berlín, Évora, Heraklion, Sigüenza, Verona, Ginebra... Sólo sé que crucé unos puentes de vieja historia, que hice amigos efímeros con los que crucé alguna postal, que guardo con especial celo los aromas que me provocaron mares remotos, condimentos prodigiosos y maderas extrañas, y que comprobé, en todos los casos, que la vida se ilumina y suena de igual manera en Cádiz, en Bruselas o en Lisboa. A veces, con los regulares perfiles de sus torres y los caracteres de sus habitantes, logré construir un plano, un esquema, que me sirvió después para interpretar mi vida.

Insisto en que las ciudades que más me subyugan son las que aún no he llegado a conocer. Lo diré de otra manera: acabo de decidir que no estoy seguro de querer llegar a Samarkanda.

Pepe Amodeo

viernes, 18 de junio de 2010

Saramago y el verbo luar

Hace unos años leí una antología de Saramago en la que venía el poema Luar. A propósito de dicho poema, él mismo preguntaba a los españoles que cómo podíamos vivir sin ese verbo. No puedo dar más datos sobre la antología que he citado al principio porque el ejemplar duerme a estas horas en la Biblioteca Pública de la ciudad donde resido.

Así que me veo obligado a recurrir a mis estanterías -mucho más humildes, pero que me sacarán del apuro-, para este sentido post a la memoria del hombre (el escritor, el civil, el humanista) que siempre ha despertado mi admiración. Hojeo la Poesía completa, de Alfaguara, edición de 2005, y finalmente me quedo con el poema titulado PROGRAMA:

En el esfuerzo de nacer está el final,
en la rabia de crecer se continúa,
en la prueba de vivir aceda la sal,
en la cava del amor resuda y suda.
Remedio, sólo muriendo: buena señal.

Dentro de poco José Saramago, el maestro, descansará en Lisboa, al sur de su Azinhaga natal. Desde allí, en las noches de impávida luna llena, podrá seguir predicando verbos imprescindibles para la vida, resolviendo igualdades que nunca debieron discutirse o vindicando justicias ajenas.

Y ahora,

Cerremos esta puerta.
Lentas, despacio, que nuestras ropas caigan
Como de sí mismos se desnudarían dioses.
Y nosotros lo somos, aunque humanos.








CG

miércoles, 12 de mayo de 2010

Sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas...

Mañana se cumplen 70 años del, probablemente, más famoso discurso que hizo Churchill. Fue aquel en el que dijo: No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor, si bien el político británico, en el mismo momento que pronunciaba estas palabras, dejaba entrever que el final era la victoria. Con la primera afirmación se sinceraba en sus convicciones. Con la segunda no hay duda que dejó hablar al poeta, al soñador y al aventurero que todos llevamos dentro. Menos mal que esta vez -¡y como lo necesitábamos!-, los dioses estuvieron de su lado.

Pepe Amodeo

lunes, 10 de mayo de 2010

Cenizas y diamantes

Éramos felices viviendo en un piso pequeño, modesto, alquilado. Con el paso de los años lograríamos que fuera nuestro, pero sólo durante unos minutos. Algunas noches, en horarios poco respetuosos, escuchábamos atentos las intervenciones de Alfonso Sánchez, con aquella dicción tan peculiar, tan contundente, presentando las pelis de la programación.  Una noche vimos Cenizas y Diamantes (Popiól i diament, 1958, de Andrzej Wajda), incluida en un ciclo sobre cinematografía en paises del Este. Podrían correr los años 1976 ó 1977. A veces he rememorada la añoranza con que Stefan Szczuka, dirigente comunista, se manifiesta al oir en un gramófono el canto de unos milicianos: "Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero. Tercera Brigada Mixta, primera línea de fuego..." Había estado en España en las Brigadas Internacionales y los espectadores contemplábamos cómo se estrechaba el cerco que los ultranacionalistas tejían para acabar con su vida. Pero si hubo una imagen que me persiguió, de forma obsesiva en este largo tiempo, fue la lectura de un poema de Cyprian Norwid que Krystina y Maciek (el futuro asesino de Szczuka), encuentran inscrito en los muros de una iglesia bombardeada. La imagen de un Cristo sangriento pende boca abajo entre los escombros antes de que ella  descubra y lea el poema:

So often, are you as a blazing torch with flames
of burning rags falling about you flaming,
you know not if flames bring freedom or death.
Consuming all that you must cherish
if ashes only will be left, and want Chaos and tempest
Or will the ashes hold the glory of a starlike diamond
The Morning Star of everlasting triumph.

A pocos metros, en la cripta, están los cuerpos de los dos militantes que Maciek había asesinado brutalmente esa misma mañana.

Han pasado los años y gracias a la videoteca universitaria  de la ciudad donde resido, hemos podido volver a ver la misma película, y nos ha vuelto a sobrecoger de la misma manera. No sé si he dicho que ella y yo seguimos juntos. Ni Pepe Amodeo ha podido con nosotros, ¡Y mira que lo ha intentado!

CG

Podéis ver aquí el video de la lectura del poema en Cenizas y diamantes.

viernes, 12 de marzo de 2010

Señora de rojo sobre fondo gris

Recorrer el camimo que hay entre mi casa y la Biblioteca Pública me sirve para recordar que la primera novela de Miguel Delibes que leí, allá por 1963 ó 1964, se titulaba Las ratas. Desde entonces nunca he olvidado al Nini, un niño inteligente, primitivo y de rural nobleza -carente de heroicismos superfluos y prescindibles-, que el escritor ubica en la vieja Castilla. Ni a su perra Fa, certera como ningún otro animal del entorno para cobrarse las ratas con las que subsistían el niño y el Ratero, su padre.

Tomo de la estantería Señora de rojo sobre fondo gris, de la editorial Áncora y Delfín, y al más puro estilo de las Sortes Virgilianae, abro el libro de forma caprichosa:

"Tu madre aceptó el aplazamiento alborozada, como un escolar ante unas vacaciones suplementarias. Nos organizamos de acuerdo con sus deseos. Las mañanas, después de pasear una hora por los jardines de la clínica, transcurrían en el Prado, yo con el Goya negro, ella con el Greco. Es más espiritual; no estoy para dramas, se justificaba. Dos horas más tarde nos reuníamos con tus hermanos para comer en tu casa, ella se echaba un rato y después nos íbamos al cine, a la primera sesión, merendábamos en casa del tío Juan, con mis hermanos, y a las ocho volvíamos a la clínica, ella a su cama, yo a mi catre penitencial. Este plan de vida fuera de casa, con el espejito a mano, sin obligaciones que atender, suscitó en ella una euforia pueril; me hizo acompañarla al zoo y al Museo de Cera, se abrió al pasado, y en nuestros paseos matinales, entre las hojas secas, reconstría nuestra vida en común, la pequeña historia de nuestros amores adolescentes, la penuria franciscana de entonces, la Universidad, el primer beso, la Medalla del Salón de Otoño, la boda, la beca en París, el semestre en Washington, los hijos, los nietos, vuestro encarcelamiento. Tenía el privilegio de ver las cosas por el lado optimista y yo le seguía la corriente..." (págs. 139-140).

Dar un repaso a la vida mientras se pisan hojas secas: qué recurso más acertado... Gracias, D. Miguel, por redescubrirnos en su literatura. Gracias por su mejor personaje -el Cipriano Salcedo de El hereje-cuyo exitus me hizo llorar una tarde de Diciembre del año 1999.

Desde este humilde rincón de un mundo tecnológico del que usted decía desconocerlo todo, permítame recordarle como un ejemplo al más puro estilo machadiano: un hombre bueno. Hasta siempre, maestro.

CG

jueves, 11 de marzo de 2010

Un año: llega el tiempo de las flores...

En estos días se cumple un año de un acontecimiento que fue trascendente en la vida de CG, y, por tanto, de la mía. Arrancó en el tiempo de las flores y ha llegado de nuevo el tiempo de las flores. A aquella primavera plácida con que se inició la retirada de las trincheras de CG le siguió un verano riguroso y abrasador; luego vino un otoño previsible, de tonos suaves y conformes que devino en un pronto invierno, el cual, a su vez, está resultando un sexagenario de grave y tormentosa existencia; y, tal y como vemos en el paseo de Hugh Grant en la calle de Notting Hill, un año de abatimiento es lo que, al parecer, necesitará el personaje para poder vivir sin la presencia de Julia Roberts.

A mi me parece que CG está aprendiendo a vivir sin aquellos a los que dejó, pero, obviamente, no los olvidará nunca... Es lo que suele ocurrir, ¿no?

Pepe Amodeo

lunes, 8 de febrero de 2010

Guardar silencio

Cuando se elige el silencio y no se está en una biblioteca, en un templo o en la sala de espera de un hospital, uno se siente locuaz en su hermetismo. Es un derecho mantenerse en silencio. Y ejercerlo. No importa quién nos espere para que oigamos y hablemos, porque la omisión de la palabra no lesiona. Sabemos que en ocasiones el silencio es reactivo, como por ejemplo la renuncia de algún escritor a llevar a cabo su tarea como denuncia ante el horror. O bien por un sentido práctico: De lo que no se puede hablar hay que callar, dice Wittgestein en su Tratado Lógico Filosófico.

Empecé a usar el negro puro como un color de luz y no de oscuridad, dijo Henri Matisse. Peo no necesariamente ha de ser el negro el símil del silencio. Acaso su inverso, el blanco, lo simboliza de forma más expresa. Como los tres Tacets de John Cage en 4’ 33’’...

A Pepe Amodeo le instan en estos días a que hable. Y él ha optado por el silencio. Y yo pienso compartirlo con él. Es un derecho, puede ser pertinente y va a resultar oportuno. No vamos a servir a dioses irredentos, ni esperamos que astro alguno vaya a cambiar de brillo y posición.

Volveremos, y el silencio seguirá siendo el diálogo viviente entre las estrellas, los secretos que los vientos no comparten y la memoria de las estatuas.

Hasta pronto.

CG / Pepe Amodeo

viernes, 25 de diciembre de 2009

El mito de Ulises según Theo Angelopoulos

Al principio Dios creó el viaje, luego la duda y la nostalgia. Con esta frase recibe un amigo al protagonista de La mirada de Ulises, del director Theo Angelopoulos. Las imágenes se suceden durante más de ciento cincuenta minutos: un barco portando un gigantesco Lenin, troceado como un rompecabezas, recorre el Danubio convertido en símbolo del último imperio balcánico, ya desmembrado y en descomposición; nieblas persistentes que al final revelan los horrores y la barbarie de la guerra (que son todas las guerras); funcionarios del viejo régimen que retiran pasaportes a la menor ocasión; un homenaje a todos los grandes del cine mundial: Bergman, Murnau, Eisenstein, Dreyer, Resnais, Kurosawa, Griffith, Buñuel, Antonioni... En definitiva, la búsqueda de unos rollos de películas del primitivo cine griego como pretexto para demostrar la vigencia de la tradición de Odiseo, acaso el más universal de los mitos que ha proporcionado la civilización helena, Estoy perdido, ¿a qué tierra extranjera he venido a parar esta vez?, dice el protagonista en el corto con que Angelopoulos homenajea a los Lumière en Lumière y Cía (1995)

Y sobrevolando todo el film, la exquisita música de Eleni Karaindrou. ¿Acaso son habituales las mujeres compositoras? En absoluto. Pero esta autora, además, ha creado numerosas bandas sonoras, casi todas tan bellas, o más, que ésta:

http://www.goear.com/listen/766fc04/ulysses-theme-eleni-karaindrou

Me dice Pepe Amodeo que al admitir que hasta ahora no me he acercado al mundo de T. Angelopoulos no hago sino poner de manifiesto mi bajo nivel de instrucción cinematográfica. Touché. Pero el placer de haber descubierto -tarde, ya lo sé-, a este director de culto y quererlo compartir con alguien que se asome a estas páginas, supone para quien esto escribe una doble intención: demostrar que nunca es tarde para los nuevos descubrimientos, y luego preservarlos, claro. Faltaría más.

CG

jueves, 26 de noviembre de 2009

Un retrato


Considerando el modo de trabajar de un pintor que en mi casa empleo, hanme entrado deseos de seguir sus huellas. Elige el artista el lugar más adecuado de cada pared para pintar un cuadro conforme a todas las reglas de su arte, y alrededor coloca figuras extravagantes y fantásticas, cuyo atractivo consiste sólo en la variedad y rareza. Así comienza Montaigne el capítulo XXVII, titulado De la amistad, contenido en los Ensayos, su obra más significativa.

Si elijo esta entradilla es porque eventualmente el ensayista se sirve de la figura de un pintor para, posteriormente, abundar en su discurso sobre lo que -con certero juicio, como siempre-, el ejercicio de la amistad reporta a la condición humana.

Y aquí viene la paradoja, porque un amigo nos sorprende con una recomendación inusual en él. Un dato, un nombre vinculado a la red, nos derivan a un blog personal de los que tanto abundan en la Nube y que difiere de este mismo sólo por el material grafico que contiene. Se trata de Ángel de la Custodia, pintor de Rota, Cádiz.

Tras observar la decena larga de cuadros que el autor ofrece a los visitantes de este blog, me vuelvo una y otra vez para contemplar el detalle del retrato de su padre, del que, además, ofrece un primer plano del rostro. El título es revelador, Mi padre, y, más abajo, le añade una frase rotunda y esclarecedora: Homenaje a mi padre.

Aunque resulte obvio decirlo, todo arte que no promueva la vida es vano e inútil. El artista, por tanto, deberá despojarse de experiencias estéticas aprendidas y quedarse sólo ante el objeto interpretado. Es en ese momento cuando aparece el misterio: lograr que el tránsito de lo percibido al soporte genere una experiencia sublime, la misma que deberán percibir quiénes finalmente acaben contemplándolo. En el retrato que aquí comentamos aparece un hombre de aspecto formal, con la seriedad justa, proporcional a la madurez representada. Las gafas que lleva aparecen etéreas y sutiles, en contraste con el tono severo de la piel del rostro, que se manifiesta curtido y atezado. Una frente ancha y noble recibe un sol que le hace fruncir los ojos, posible defensa de quien puede pasar muchas horas bajo la luz de la costa meridional. El rostro transmite serenidad y entereza y el ángulo de inclinación del cráneo en relación al cuello denota una actitud entre la abstracción y la espera. Viendo esta obra no se puede dejar de percibir el gesto de amor del pintor que, con este retrato, pretende homenajear a su padre. Otro creador, esta vez un escritor, festejó la figura de su padre con palabras proverbiales, magníficas. Antonio Muñoz Molina, en su novela El viento de la luna, perfiló la siguiente frase: "Debería uno conservar siempre el recuerdo de la última vez que caminó de la mano de su padre."

Tanto Pepe Amodeo y yo animamos a Ángel de la Custodia a que siga proyectando en sus cuadros la misma mágica luz de Rota, los mismos cuerpos que hablan el lenguaje de los gestos y a continuar retratando expresiones, que no rostros. No será en balde y estará propiciando la memoria, oponiéndose al olvido.

CG / Pepe Amodeo

sábado, 14 de noviembre de 2009

Lo memorable

No todo lo que nos ocurre en la vida puede alcanzar la categoría de memorable -una de mis palabras preferidas-, que designa aquello que es digno de ser traído a la memoria, de ser rememorado. Y de evocación, podría añadirse.

Reconozco que siento una debilidad especial por el artículo que hoy traigo aquí, publicado en El País por Soledad Puértolas en octubre de 1992 y que se titula La insufrible suficiencia de algunos camareros. Le debo a dicho artículo no sólo que estimulase en mí la lectura del Libro del desasosiego, de Pessoa, escritor que ya conocía –fue Rolando Campos la primera persona que me habló, mediados los 80, de los heterónimos de este poeta-, sino por su peculiar interpretación de la extrañeza, propia y ajena, a veces vivida con especial dramatismo por quienes padecen en grado variable esa cualidad de la conducta llamada empatía. Pero nadie parece haberse parado a pensar que el empático puede sufrir. Como es una actitud que los psicólogos califican de inteligencia interpersonal, pues adelante, estas personas pueden aguantar sin inmutarse lo que se les eche. No voy a listar los agravios a los que a diario la Materia –al decir de Pessoa-nos somete. Volviendo de nuevo al Libro del desasosiego, en el capítulo 49, titulado /DIARIO AL ACASO/, escribe en el tercer párrafo: ¿Será que mi costumbre de colocarme en el alma de los demás me lleva a verme como me ven los demás, o me verían si se fijasen en mí? Y más adelante: Convivir con los otros es una tortura para mí. Y tengo a los otros en mí. Al final concluye: No tengo hacia donde huir, a no ser que huya de mí.

En el mismo día en que escribo este post leo en los periódicos que Soledad Puértolas disertó ayer en el Festival Eñe sobre Las enfermedades de los escritores. Seguro que habrá realizado una ponencia seria y rigurosa, y, por tanto, carente de patrones estadísticos. Estudiando las vidas de los escritores que les hayan servido para documentar la conferencia, le habrá valido más la empatía y la intuición que la retórica de los números. Y es que ya se sabe, para explicar este mundo están las mentiras, las grandes mentiras... y las estadísticas.

CG

Nota.- Soledad, gracias por haber escrito un artículo tan memorable como éste.

martes, 10 de noviembre de 2009

Fields of gold.- Eva Cassidy

Dicen que Sting lloró cuando la escuchó cantando este Fields of gold. No sé, pero no es difícil dejar que una lágrima -inconfensable y delatora-, busque nuestra mejilla al escuchar esta voz, tan mágica como sorprendente. Hoy ni siquiera hay firma, sólo vale escuchar y guardar silencio.

domingo, 25 de octubre de 2009

La noche

Lo que deshacemos durante el día, la noche lo reconstruye.

Las incógnitas que componen la noche sobrepasan las leyes que configuran cualquier ecuación jamás conjeturada. ¿A dónde va cada noche pasada? Se puede pensar que todo alba tiende un puente por el que esa noche, recién desaparecida, se funde de inmediato con las lejanas noches, originales y primigenias, en las que el Caos no se daba tregua a sí mismo, al tiempo que configuraba sueños perdurables, mitos arcaicos, leyes universales...

Lo que deshacemos durante el día, la noche lo reconstruye, como si de una segunda y particularísima ley de una inexistente termodinámica se tratase. Luces cautivas que rondan alrededor de las completas; heptasílabos que buscan manos que los inmortalicen; indómitas tinieblas que de continuo se debaten entre la razón y el odio; el rocío perfumado con el que cada noche las estrellas riegan los desiertos; fanales que solo guían al silencio, trasunto de la noche como el día lo es de la palabra; soledades perennes, arropadas por voluntariosos mantos de esperanzas; escenarios irreales donde dioses y humanos cruzan anhelos, pasiones y quimeras... Es la noche.

Hoy los relojes se vuelven más tiranos y adelantan la noche, que acaba de entrar con su paso mudo y taciturno, inundando el espacio con negruras admirables, soberbias, secretas.

Son las diecinueve y veinte. Un acogedor y tibio regazo se adivina en un futuro inmediato. Ya se nos ocurrirá qué le entregamos a cambio.

Pepe Amodeo