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jueves, 19 de julio de 2012

Cees Nooteboom: de "Hotel Nómada" a "Lluvia roja"

"No se puede demostrar y, sin embargo, lo creo; en algunos lugares del mundo tu llegada o salida se amplían de un modo misterioso por las emociones de todos aquellos que han salido o llegado antes que tú. Quien tenga un alma lo suficientemente visionaria sentirá una suave resistencia en al aire alrededor de la Schreiertoren* de Ámsterdam que tiene que ver con el cúmulo de pena de los hombres que se despiden, un tipo de pena que ya no conocemos. Nuestros viajes ya no duran años, sabemos exactamente adónde vamos y nuestra probabilidad de regreso es mucho mayor…"

Así arranca el primer capítulo de El desvío a Santiago, de Cees Nooteboom (La Haya, 1933), escritor, ensayista, poeta, hispanista y viajero, sin que el orden de los atributos tenga significado alguno. Leí este libro en el año 1994 y desde entonces no he dejado de aumentar mi conocimiento sobre el autor y sus libros. Ello me ha permitido apreciar más nítidamente el alcance y la importancia que pueden tener esas experiencias vitales —a las que llamamos viajes— en un conocimiento más exhaustivo y en la compresión del mundo que nos rodea.

De manera un tanto tardía llegan a mis manos Hotel Nómada y Lluvia roja, ambos editados por Siruela. El primero de ellos se abre con la siguiente cita del sufí Ibn ´Arabi (Murcia, 1165 - Damasco, 1240): El origen de la existencia es el movimiento. Esto significa que la inmovilidad no puede darse en la existencia, pues, de ser ésta inmóvil regresaría a su origen: la Nada. Por esta razón, el viaje no tiene fin, tanto en el mundo superior como en el mundo inferior. No hay viaje, sino movimiento, y con este elemental principio Nooteboom logra que sus miradas y reflexiones, adquieran la condición de crónicas apasionantes: nunca olvida la primera vez que, con apenas quince años, se despidió de su madre, levantó el dedo en su Holanda natal y atravesó, al cabo de una hora, (ustedes saben lo grande que es Holanda), la frontera con Bélgica. Y desde entonces viene manteniendo un interminable diálogo con el mundo utilizando el viaje como lenguaje. Durante un trayecto en barco por el río Gambia recuerda una cita de Kafka y, tras inhóspitos manglares, descubre a unas muchachas sacando agua de un pozo insondable, preguntándose qué gobierno, inglés o francés, ha sido capaz de introducir algún cambio en el mundo milenario que le es dado contemplar. Atravesando Malí, una tierra lunar más extensa que Francia y Alemania juntas, padece nostalgia por saber que asiste a un mundo que tiene los días contados, sintiéndose ajeno y alejado de antiquísimas comunidades que nunca llegará a conocer. En Bolivia, donde sufre mareos y percibe el crudo y frío viento andino, se siente estremecido ante los treinta y dos años de esperanza de vida que tienen los habitantes del Altiplano; en la zona central del Museo de Antropología de México, mirando la tierra arenosa que deja des-cubiertos unos esqueletos, se pregunta por el sabor del destino; finalmente, visitando la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, la misma de la que fue director Jorge Luis Borges, establece un paralelismo entre sus cien cuadernos de notas, elaborados durante cuarenta años, y la Biblioteca de Babel borgeana: él sería el ciego si perdiera sus cuadernos y ya no podría leer lo que él mismo escribió.

En Lluvia roja el autor dedica algunos capítulos a nuestro país. Tiene casa en Mallorca y en Jaca compra unas botellas de vino en una tienda situada enfrente de la catedral románica más bella de España; en un duro invierno en Ámsterdam lee en El País que hay nueve grados en su isla, y en ese momento viaja con el pensamiento a su jardín, haciendo una pormenorizada descripción del mismo; de nuevo en su isla, observa cómo los mediterráneos muros encalados sangran ligeramente tras recibir una lluvia roja procedente del Sahara: los oasis tunecinos de Nefta y Tozeur no quedan tan lejanos en su viajera memoria. Un salto melancólico a los olores de una carretera en su primer viaje a Italia; la lectura de Faulkner en una buhardilla olvidada o los fados que escuchó paseando por las estrechas calles de Lisboa, leyendo poemas de Slauerhoff al mismo tiempo. Las islas Tonga, unos versos de Safo, la Postdamer Platz con vistas al Muro, una Olivetti 22, un criador de perros en Bohemia, Stevenson y Rilke, Irán y Perú… Un mundo inagotable. Un universo —terrenal, heterogéneo y conmovedor— en unos pocos centenares de páginas.

En estos veranos, habitualmente tórridos e inclementes, les recomiendo la lectura de este autor, que ha hecho del viaje una acertada metáfora del aprendizaje continuo, una incesante transacción con los demás, iniciada en su juventud el día en que se puso en movimiento. Más tarde llegó su particular virtuosismo: en el movimiento descubre la calma, y, en ella, la escritura. Paradójica unión de antagonistas con los que consigue equilibradas narraciones, acertados ensayos y sublimes poemas.

CG

*Schreiertoren: "torre de las lamentaciones", desde donde las esposas de los marinos despedían a éstos cuando partían hacia las Indias. (Nota del traductor).

El desvío a Santiago. Círculo de Lectores. Traducción: Julio Grandes. Barcelona, 1994

Hotel Nómada. Libros del Tiempo. Editorial Siruela. Traducción: Isabel-Clara Lorda Vidal. Madrid, 2002

Lluvia roja. El Ojo del Tiempo. Editorial Siruela. Traducción: Isabel-Clara Lorda Vidal. Madrid, 2009

Nota.- Una versión abreviada de este post se publicó el pasado año en el boletín de julio de ApoloyBaco. Mi agradecimiento, siempre, a Luis Miguel León Blanco.

domingo, 1 de enero de 2012

Año Nuevo

Muy de tarde en tarde me dirijo a los libros de poesía que tengo algo olvidados, aquellos que esperan pacientemente —sin queja alguna— a que mis manos abran sus páginas y a que mis ojos se posen sobre sus versos únicos e imperecederos. Por alguna razón que desconozco, en esa hora quimérica y desvaída del amanecer, he recordado un poemario de Juan Lamillar. Tonificado todavía por el calor acumulado durante la noche lo hallo en el estante adecuado: lecciones del tiempo, agendas antiguas, claustros, escrituras y cenizas. Esta vez no lo abro al azar, sino que me voy al índice y busco el poema que me asaltó en la peregrina hora de la aurora…

RETRATO DE SIBILA
Guarda la rama mágica, la puerta de los muertos.
En hojas dispersadas por el tiempo y el aire
traza sus letanías, oscuros vaticinios
misteriosos: “Para morir llegará un Dios
y tengo ya en mis manos la corona de espinas”.
Delfos, Samos o Cumas son patrias de mensajes
perdidos en los siglos, descifrados mañana:
“Un Dios desconocido vendrá para morir.
Pero será inmortal. Ya mis manos paganas
aprietan sigilosas los signos de su muerte”.

Juan Lamillar. Las lecciones del tiempo. Pre-Textos. Valencia, 1998

La leyenda más famosa atribuida a la sibila de Cumes, o Cumas, trataba de los nueve libros proféticos que la adivina quiso vender a Tarquino el Soberbio, el último rey de Roma. Éste se negó a pagar el precio pedido por ser muy elevado. La sibila, ofendida, echó tres volúmenes al fuego, seguidos de otros tres ante la negativa de Tarquino. Finalmente el rey acepta los tres restantes por el precio fijado inicialmente.

Los tres ejemplares fueron custodiados durante siglos en el templo de Júpiter, situado en la colina del Óptimo Máximo (colina Capitolina), donde serían consultados en épocas de emergencia. El futuro del año que hoy empieza, puede muy bien representarse en la sibila de Miguel Ángel —decrépita, bruja y giganta— que lee nuestro porvenir en un libro cuyas páginas, convenientemente, están en blanco… Feliz 2012.

Pepe Amodeo / CG

Ilustración: Sibila de Cumes, hacia 1510. Capilla Sixtina, Roma

Música de fondo: Morning (Peer Gynt), de Edvard Grieg

domingo, 3 de abril de 2011

Correr, de Jean Echenoz

Que nadie busque en esta biografía de Emil Zátopek listas exhaustivas de las marcas conseguidas por el atleta checo, o puntuales fechas de sus innumerables hazañas deportivas... Nada de eso. Zátopek —¿no suena ese nombre a locomotora?— aparece a lo largo del relato como un héroe denodado que resulta humilde en todas sus victorias: no pide disculpas por ganar pero jamas se ha podido contermplar a un ganador tan ajeno al éxito conseguido; no estamos ante un depredador, un oportunista, de los que tanto abundan hoy en diversas órdenes de la vida pública, incluido el atletismo, acaso reconocido como el más excelso de los deportes, ni tampoco estamos ante un virtuoso que despide cierto olor a naftalina. Pero también es probable que el Zátopek del que nos habla Echenoz no fuese el verdadero, aunque ello no importe: al verdadero no lo conoceremos jamás, ya que esa dicha sólo le estuvo permitida a unos cuantos. No obstante, el novelista nos permite aproximarnos a un héroe singular, cercano, entrañable.

El relato comienza con las tropas nazis penetrando en la Moravia y finaliza, en el capítulo 20, con la invasión de los tanques, esta vez del Pacto de Varsovia, en las calles de Praga. Curioso cierre de círculo, si constatamos que en las pistas de atletismo el punto de inicio de una carrera es también el final de la misma. En este largo paréntesis asistimos a la ascensión brillante y al declive —discreto y razonable en lo deportivo, lacerante y doloroso en lo personal—, del héroe que iluminó los Juegos Olímpicos de Helsinki de 1952. Este checo, que llegó tardío al atletismo, venció en los 10.000 metros; tres días más tarde vuelve a vencer en 5.000; al cuarto día vuelve a enfundarse la camiseta y compite por primera vez en su vida en la maratón, logrando el tercer oro. Nadie lo había conseguido con anterioridad y nadie lo ha conseguido desde entonces.

Existe un aforismo que describe a la perfección la diferencia entre la velocidad y el gran fondo: si quieres ganar corre cien metros, pero si quieres vivir otra vida corre una maraton. Acaso sea esta la razón por la que el héroe, este héroe, resulta ser una persona conectada con su tiempo, estableciéndose un paralelismo permanente entre su propia vida y los acontecimientos políticos y sociales que convulsionaron al mundo en la segunda mitad del siglo XX. La lectura de Correr* supone contemplar un retablo levantado para mostrar un perfil nítido y creible, el del personaje principal, que compartió espacios y contrastes con su tiempo. Luego llegaron los claroscuros, aquellas sombras amenazadoras que en vano lograron pervertir la luminosidad del dulce Emil, un hombre que se valió del polvo que levantaron sus zapatillas para la construcción de un horizonte propio, capaz de transmitir esperanzas e ilusiones a quienes, desde la lejanía de la historia, lo seguimos admirando.

CG / Pepe Amodeo

*: Correr. Jean Echenoz. Anagrama. (Barcelona, 2010). Traducción de Javier Albiñana.

viernes, 30 de julio de 2010

Rolando Campos, un año más...

"... por decirlo así coge por sorpresa y ataca por la espalda a la inteligencia." Con esta frase extraída de un personaje de William Faulkner concluía Begoña Medina su particularísimo adiós a Rolando Campos, un artículo que apareció en El País del 8 de agosto de 1998.

Han pasado doce años y unas personas muy ilusionadas de mi entorno me acaban de comunicar que se marchan de vacaciones. A Asilah: al sur de Tánger, una perla atlántica, el sueño de músicos, poetas y pintores. Me cuesta guardar silencio, aunque sólo vienen a mis labios la formalidades de rigor, pero mi cabeza está en otra parte. En cuanto puedo, acudo a mi biblioteca. Abro el ejemplar pertinente de Litoral y busco el poema que Josefa Parra le dedica al azul de esta ciudad, que dice así:

Calles de Asilah

Quise escribir "azul"
y encontré la pureza
de tus calles cubiertas de turquesas y flores.
La cal contra el silencio de un cielo de verano.
Esquinas donde el sol bordaba el mediodía.
Espliego y yerbabuena, el mar alto, la vida
y el ameno rumor también azul de un nombre.

Por un segundo imagino que en aquel verano del 98, cuando RC miraba aquellos blancos y azules, ya habría encontrado la manera de conjugarlos con los movimientos contínuos que tanto lo caracterizaba, protegido por su destreza en el manejo de cielos flamígeros, destelleantes, habituales en la Sevilla que lo vio crecer como pintor y como hombre.

Josefa y Rolando probablemente nunca se conocieron, pero me gusta pensar que hay algo que los unirá eternamente: ambos evocaron, paseando por sus calles, un nombre. La primera lo confiesa en el poema. Del segundo sólo tengo la conjetura -irreal e improcedente, ya lo sé-, proporcionada por su capacidad para capturar colores, formas, perfiles, siluetas, ... y esa era su manera de nominar un universo propio al que, con toda generosidad, invitaba a todos los que a él se acercaban. Sólo que esta vez quiso que la invitación estuviera aderezada con un silencio perpetuo y una ausencia que todavía duele. Lo cogió por sorpresa y atacó por la espalda a la inteligencia. A la suya, a la de todos.

CG

viernes, 26 de septiembre de 2008

El Incidente que pudo cambiar la historia del mundo

Hoy se cumplen 25 años de un episodio que pudo haber cambiado la historia del mundo. Se trata del conocido como Incidente del Equinoccio de Otoño. Este pequeña historia, protagonizada por Stanislav Petrov, tuvo lugar el 26 de septiembre de 1983 y no fue divulgada por las autoridades soviéticas hasta bien entrado 1998, en que fue dada a conocer a la opinión pública.

Un cambio de turno con un compañero, una falsa alarma causada por unos reflejos de la luz del sol en las nubes, y una más que razonable duda sobre unos imaginarios misiles y la certeza sobre cómo la potencia enemiga (EE. UU, obviamente), comenzaría una hipotética guerra atómica, determinaron que este oficial del búnker Serpukhov-15 tomara una iniciativa que salvó al mundo. No obstante, le costó su carrera y vivir oscuramente el resto de sus días, aunque parece que se han puesto en marcha algunos proyectos internacionales destinados a concederle el reconocimiento que este anónimo héroe merece.

El azar, esta vez, estuvo del lado de la mayoría y evitó un episodio de consecuencias universales y de sufrimientos sin límite.

Para acceder a testimonios sonoros sobre el llamado Incidente del Equinoccio de Otoño, pulsar aquí.

Pepe Amodeo/CG

sábado, 8 de diciembre de 2007

De gatos .... y perros

Dedicado a Santos Morales. Él sabe porqué.

Intento leer, sin éxito, el relato que Fígaro acaba de publicar en Arponeros Melancólicos. La página, una de mis imperdibles, me devuelve una y otra vez al mismo lugar, originando un bucle interminable del que me hago responsable: seguro que no presiono el vínculo adecuado, o no me hallo al corriente en el pago con mi proveedor de banda ancha ....

Contemplo la ilustración del relato de María Fernanda Trujillo con curiosidad, y ello me lleva a recordar que Pepe Amodeo y yo hemos ido retrasando la intención de traer aquí el caso de Óscar, el gato que saltó a los medios de comunicación a finales de julio y a primeros de agosto. La revista médica estadounidense The New England Journal of Medicine, propiedad de la Massachusetts Medical Society, publicó un artículo en el que describía el curioso comportamiento del felino. El entorno donde se desarrolla este singular episodio es la Unidad Geriátrica de un centro de residentes para mayores, la Steere House, en Rhode Island. Allí, en la tercera planta, tiene su reino el gatito Óscar, cuya fama se ha debido a que, en más de un centenar de casos comprobados estadísticamente, ha acompañado a los ancianos en el momento de su muerte, incluso cuando el éxitus les ha sobrevenido de forma inesperada y los pacientes no presentaban signos de gravedad.

En España, en Fernán Núñez, el imaginario popular incorporó la historia de Moro, un perro que acudía a los entierros. En 1995 se le erigió monumento, y aunque parece que no existe una crónica seria sobre el comportamiento del animal, según la prensa de la época se calculaba que habían sido unos seiscientos los sepelios a los que había acudido. Sin embargo faltó a dos de ellos: los de personas con oscuros antecedentes históricos y personales.

No tengo ninguna inclinación por lo esotérico, y ni Jiménez del Oso ni Íker Jiménez han sido nunca referentes que sirvieran de amparo a mis muchas dudas y mis pocos credos, pero tampoco se debe pasar de largo ante el misterio y la curiosidad, sobre todo cuando lo protagonizan seres tan entrañables .... ¿La explicación racional? Quizá cuando no quede ni rastro de estas figuras, de estos indicios, que no hacen sino constatar que el mundo, en medio del desgarro y del desconsuelo, sigue sorprendiendo. Sólo hay que mirar en la dirección adecuada.

CG

miércoles, 29 de agosto de 2007

Umbral

En una ocasión dijo: En todo caso me reconozco un presuntuoso, que es la forma menos agresiva de ser soberbio.

Antes había venido lo de Yo he venido aquí a hablar de mi libro, y no de lo que opine el personal ..., que me parece una de las grandes genialidades televisivas de las últimas décadas. El tiempo dirá si el escritor de olivetti, de gafas de pasta y de melena de dandy pasará a la historia como corredor de velocidad o de grandes distancias.

El obituario que le dedica Arcadi Espada, aquí.

CG

sábado, 4 de agosto de 2007

Vicente Buígues, el héroe del hundimiento del Sirius

Hoy hace 101 años que tuvo lugar el naufragio del Sirius, un trasatlántico a vapor con más de veinte años de servicio y que fue construido en Glasgow, Escocia. Había partido del puerto de Génova y se dirigía a Río de Janeiro, Santos y Buenos Aires con unos 1300 pasajeros a bordo, si bien nunca se contabilizaron las personas que viajaban de forma ilegal en las bodegas del barco.

A su paso por el cabo de Palos, frente a la Manga del Mar Menor, pasadas la 16 horas de aquel cuatro de Agosto, un crujido atronador sacudio la nave, creando una gran confusión entre la tripulación y los pasajeros. El casco había encallado en el Bajo de Fuera, una especie de aguja que está a menos de tres metros de profundidad, quedando enganchado en este escollo perimetral de las Islas Hormigas.

Tras el desconcierto inicial, estallaron las calderas produciendo un número indeterminado de muertos; la proa se elevó y la popa quedó ligeramente hundida. El desastre se completó cuando el capitán del barco, Piccone, y un grupo de oficiales, mostrando una actitud miserable y mezquina, fletaron un bote y abandonaron a su suerte a los tripulantes. El resto de la marinería, ante semejante cobardía y falta de escrúpulos, siguieron su ejemplo, dejando sumida en la desesperación a los viajeros, que veían como se esfumaban cualquier posibilidad de salvamento.

Numerosos barcos que estaban por la zona, ante la columna de humo que el barco emitía y el cambio de silueta en el horizonte, se dirigieron hacia el buque naufragado. Algunos de ellos, de bandera francesa e italiana, salvaron a un número reducido de víctimas. Sin embargo fueron las embarcaciones de pesca, laúdes* en su mayoría, los que colaboraron en el salvamento de centenares de supervivientes. Vicente Buígues (o Bohígues), era el patron del laúd Joven Miguel. En contra de la opinión de la tripulación -casi todos familiares-, exponiendo su vida y la de sus colaboradores, acercó la proa al barco, y colocando unos tablones que dificilmente soportaban el paso de personas, logró salvar a más de trescientas personas, aunque para ello tuviera que valerse de un revólver: la máxima de las mujeres y los niños primero, presente en situaciones de emergencias, brillaba por su ausencia, ya que los indefensos eran arrollados sistematicamente por los más fuertes y poderosos.

Tras su hazaña fue condecorado por los gobiernos de España e Italia con la Cruz del Mérito Naval con Distintivo Rojo y con la Medalla de Oro de Salvamento de Náufragos (Cruz Roja). Fue recibido por el propio Rey Alfonso XIII en el Palacio Real, estableciéndose entre ellos una sólida amistad que se mantuvo en el tiempo. Unos años más tarde, estando Vicente en Valencia observó un revuelo en el puerto marítimo, comprobando que se debía a la presencia del monarca. Intentó romper el cordón de seguridad y casi resulta arrestado.

Si bien las crónicas no nos remiten al final de la historia, me quedo con lo que escribe Javier Cercas en Soldados de Salamina: de no ser por Alcibiades nada sería igual en el mundo. No obstante, añado que la vida y las acciones de personas como Vicente Boígues, justifican, aunque sea minimamente, la confianza que depositamos en ellas.

CG

*Definición del DRAE.- Embarcaciones pequeña del Mediterráneo, de un palo con vela latina, botalón con un foque y una mesana a popa.

Para saber más sobre este importante suceso que ocupó sobradamente la prensa de la época, entrar en las siguientes páginas:



sábado, 16 de junio de 2007

Muerte de un corsario

Reconozco haber sucumbido a la presión mediática que Piratas del Caribe está teniendo en nuestro país, pero la historia que hoy propongo nada tiene en común con la producción norteamericana. Sabemos que la existencia en el mar siempre ha sido dura, pero si a ello le añadimos la de ser marineros enrolados en cualquiera de las patentes de corso que proliferaron por las costas levantinas y vascas entre los siglos XII y XVI, pues tendríamos una actividad que, con toda seguridad, estaría muy lejos del fervor romántico con que algunos autores la idealizaron (veáse la Canción del Pirata, de José de Espronceda).

Sin entrar aquí en detalles sobre las diferencias entre actos corsarios y piráticos, aún sabiendo las estrechas lindes que confunden a ambos, sí recordaré la entrada del DRAE para patente de corso: Cédula o despacho con que el Gobierno de un Estado autorizaba a un sujeto para hacer el corso contra los enemigos de la nación.

Diego González de Valderrama, alias Barrasa, del que sabemos todo sobre su muerte pero poco acerca de sus origenes, debió ser un personaje ambicioso, con anhelos de pertenecer a la caballería castellana, aunque un documento catalán de la época lo califica de escudero, o sea la categoría más baja de la nobleza. La crónica genovesa que relató su muerte, lo situa como originario de una zona cercana a Sevilla, alrededor de 1365. Era pariente de un tal Juan Gonzálvez de Moranza, el cual estuvo al servicio de Luis de Anjou, conde de Provenza.

Es probable que tuviera escasos recursos económicos y que, por el contrario, fuera un agudo observador de las intrigas palaciegas que existían en las cortes ribereñas del Mediterráneo de la época. Esto le debió hacer intuir que ejercer el corso le posibilitaría un ascenso rápido, acorde a su osadia y a sus ambiciones. Hay constancia de que se puso al servicio de la Corona de Aragón, en disputa con los genoveses por la influencia comercial del norte del Mare Nostrum, así que de continuo fueron las naves con esta bandera sus objetivos, ademas de turcos y provenzales. La primera queja sobre sus fechorías está registrada en 1397, y la hace el maestre portulano de Sicilia, genovés, llamado David Lercaro. Las costas de Siracusa, Nápoles, Pisa, Marsella, Morvedre (Sagunto), Alicante, y hasta Cádiz, fueron el escenario de sus actos piráticos.

Alrededor de 1400 logró su máximo poder, ya que si los navegantes no querían ser molestados pagaban un canon de forma voluntaria a Gonçalvez de Barrasa (otro de los nombres con que aparece en las crónicas). Tambien en aquellos años puso en aprietos al mismo monarca de la corona catalano-aragonesa, Martín I el Humano, empeñado en lograr la paz con los genoveses, sus antiguos aliados.

Su decadencia comienza en 1407, cuando es abandonado a su suerte por este rey, que ya le califico de enemigo y ladrón de caminos. Su muerte le sobrevino en 1410, cuando intentó el abordaje de un buque genovés que comandaba Paolo Italiano. Tras el fracaso del asalto delante de la costas de Valencia, y cuando la derrota era manifiesta, sus mismos hombres lo echaron al mar atado a una piedra, tratando de conseguir que los genoveses no identificaran aquella tripulación con la de Diego de Barrasa.

Tal fue la dramática y vil muerte de este personaje, traicionado por sus hombres, y finalmente humillado por los enemigos que él mismo fue capaz de crearse, y así queda registrada en una interesante obra escrita por Mª Teresa Ferrer Mallol, titulada Corsarios castellanos y vascos en el Mediterraneo medieval, editorial CSIC, Barcelona, 2000. Pero ¿porqué estos trabajos no tienen el eco que si tienen las obras de ficción, como las famosas La posada de Jamaica o La isla del tesoro? ¿Qué sabemos de los sinsabores, enfermedades y desengaños que con seguridad padeció este Barrasa? ¿Tuvo algún momento de debilidad? ¿Era vulnerable? ¿Fue generoso con alguna barragana, o, por el contrario, fue en todo momento mezquino y miserable? No se porqué, pero llegado a este punto pienso que siempre nos quedarán el Capitán Alatriste, Tin Tin y Corto Maltés.

Al fin y al cabo no somos nada originales cuando preferimos a los héroes de ficción como compañeros de sueños.

CG.