miércoles, 22 de diciembre de 2010

O Fortuna

Oh, Fortuna. Con mayúscula. Un nominal que infiere alegría la mayoría de las veces, pero que, como escribieron los anónimos goliardos de la época, “siempre cambiante / creciendo y decreciendo, / unas veces oprimes y luego calmas; / la miseria / y el poder / se derriten como el hielo / ante tu presencia”.

Hoy es el día. Hoy se romperán muchos sueños, pero unos pocos “afortunados” podrán subirse a la superficie generosa de la rueda... Que les dure mucho. Que ojalá les dure para siempre... Tanto, que cuando la cara oscura de la rueda vuelva a pedirles tenebrosos intereses por las venturas recibidas, hayan olvidado el juego. Y de nuevo renacerá en ellos la ilusión por ascender desde los infiernos, de volver a alcanzar el lado brillante de la rueda... Et sic in infinitum.

CG / Pepe Amodeo

viernes, 30 de julio de 2010

Rolando Campos, un año más...

"... por decirlo así coge por sorpresa y ataca por la espalda a la inteligencia." Con esta frase extraída de un personaje de William Faulkner concluía Begoña Medina su particularísimo adiós a Rolando Campos, un artículo que apareció en El País del 8 de agosto de 1998.

Han pasado doce años y unas personas muy ilusionadas de mi entorno me acaban de comunicar que se marchan de vacaciones. A Asilah: al sur de Tánger, una perla atlántica, el sueño de músicos, poetas y pintores. Me cuesta guardar silencio, aunque sólo vienen a mis labios la formalidades de rigor, pero mi cabeza está en otra parte. En cuanto puedo, acudo a mi biblioteca. Abro el ejemplar pertinente de Litoral y busco el poema que Josefa Parra le dedica al azul de esta ciudad, que dice así:

Calles de Asilah

Quise escribir "azul"
y encontré la pureza
de tus calles cubiertas de turquesas y flores.
La cal contra el silencio de un cielo de verano.
Esquinas donde el sol bordaba el mediodía.
Espliego y yerbabuena, el mar alto, la vida
y el ameno rumor también azul de un nombre.

Por un segundo imagino que en aquel verano del 98, cuando RC miraba aquellos blancos y azules, ya habría encontrado la manera de conjugarlos con los movimientos contínuos que tanto lo caracterizaba, protegido por su destreza en el manejo de cielos flamígeros, destelleantes, habituales en la Sevilla que lo vio crecer como pintor y como hombre.

Josefa y Rolando probablemente nunca se conocieron, pero me gusta pensar que hay algo que los unirá eternamente: ambos evocaron, paseando por sus calles, un nombre. La primera lo confiesa en el poema. Del segundo sólo tengo la conjetura -irreal e improcedente, ya lo sé-, proporcionada por su capacidad para capturar colores, formas, perfiles, siluetas, ... y esa era su manera de nominar un universo propio al que, con toda generosidad, invitaba a todos los que a él se acercaban. Sólo que esta vez quiso que la invitación estuviera aderezada con un silencio perpetuo y una ausencia que todavía duele. Lo cogió por sorpresa y atacó por la espalda a la inteligencia. A la suya, a la de todos.

CG

sábado, 24 de julio de 2010

Las ciudades, el viaje

Una era construye ciudades.
Una hora las destruye.
Temístocles, c. 524 - 459 a. C.

Las ciudades que más me subyugan son las que aún no he llegado a conocer. Y no es que me hayan decepcionado algunas de las que sí he conocido, que también, sino porque estoy de acuerdo con la frase de Eduardo Punset aparecida en Babelia el pasado 10 de julio: La felicidad está en la sala de espera de la felicidad. Nada hay más ilusionante que tener ilusiones. Nada hay más ilusionante que disponer de una Ítaca en el horizonte, sabiendo que cuando la alcancemos -y salgamos de ella-, todo será igual pero nosotros nunca seremos los mismos.

Visitar una ciudad sólo por tener voluntad de hacerlo -el viaje, ese trasunto del camino que representa la vida-, ha logrado, poco a poco, cincelar sensaciones desiguales en mi memoria, creando una especie de sentimentalidad lejana de lo cotidiano. Pero en realidad no sé qué era lo que perseguía al visitar Brujas, Salamanca, Venecia, Berlín, Évora, Heraklion, Sigüenza, Verona, Ginebra... Sólo sé que crucé unos puentes de vieja historia, que hice amigos efímeros con los que crucé alguna postal, que guardo con especial celo los aromas que me provocaron mares remotos, condimentos prodigiosos y maderas extrañas, y que comprobé, en todos los casos, que la vida se ilumina y suena de igual manera en Cádiz, en Bruselas o en Lisboa. A veces, con los regulares perfiles de sus torres y los caracteres de sus habitantes, logré construir un plano, un esquema, que me sirvió después para interpretar mi vida.

Insisto en que las ciudades que más me subyugan son las que aún no he llegado a conocer. Lo diré de otra manera: acabo de decidir que no estoy seguro de querer llegar a Samarkanda.

Pepe Amodeo

viernes, 18 de junio de 2010

Saramago y el verbo luar

Hace unos años leí una antología de Saramago en la que venía el poema Luar. A propósito de dicho poema, él mismo preguntaba a los españoles que cómo podíamos vivir sin ese verbo. No puedo dar más datos sobre la antología que he citado al principio porque el ejemplar duerme a estas horas en la Biblioteca Pública de la ciudad donde resido.

Así que me veo obligado a recurrir a mis estanterías -mucho más humildes, pero que me sacarán del apuro-, para este sentido post a la memoria del hombre (el escritor, el civil, el humanista) que siempre ha despertado mi admiración. Hojeo la Poesía completa, de Alfaguara, edición de 2005, y finalmente me quedo con el poema titulado PROGRAMA:

En el esfuerzo de nacer está el final,
en la rabia de crecer se continúa,
en la prueba de vivir aceda la sal,
en la cava del amor resuda y suda.
Remedio, sólo muriendo: buena señal.

Dentro de poco José Saramago, el maestro, descansará en Lisboa, al sur de su Azinhaga natal. Desde allí, en las noches de impávida luna llena, podrá seguir predicando verbos imprescindibles para la vida, resolviendo igualdades que nunca debieron discutirse o vindicando justicias ajenas.

Y ahora,

Cerremos esta puerta.
Lentas, despacio, que nuestras ropas caigan
Como de sí mismos se desnudarían dioses.
Y nosotros lo somos, aunque humanos.








CG

miércoles, 12 de mayo de 2010

Sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas...

Mañana se cumplen 70 años del, probablemente, más famoso discurso que hizo Churchill. Fue aquel en el que dijo: No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor, si bien el político británico, en el mismo momento que pronunciaba estas palabras, dejaba entrever que el final era la victoria. Con la primera afirmación se sinceraba en sus convicciones. Con la segunda no hay duda que dejó hablar al poeta, al soñador y al aventurero que todos llevamos dentro. Menos mal que esta vez -¡y como lo necesitábamos!-, los dioses estuvieron de su lado.

Pepe Amodeo

lunes, 10 de mayo de 2010

Cenizas y diamantes

Éramos felices viviendo en un piso pequeño, modesto, alquilado. Con el paso de los años lograríamos que fuera nuestro, pero sólo durante unos minutos. Algunas noches, en horarios poco respetuosos, escuchábamos atentos las intervenciones de Alfonso Sánchez, con aquella dicción tan peculiar, tan contundente, presentando las pelis de la programación.  Una noche vimos Cenizas y Diamantes (Popiól i diament, 1958, de Andrzej Wajda), incluida en un ciclo sobre cinematografía en paises del Este. Podrían correr los años 1976 ó 1977. A veces he rememorada la añoranza con que Stefan Szczuka, dirigente comunista, se manifiesta al oir en un gramófono el canto de unos milicianos: "Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero. Tercera Brigada Mixta, primera línea de fuego..." Había estado en España en las Brigadas Internacionales y los espectadores contemplábamos cómo se estrechaba el cerco que los ultranacionalistas tejían para acabar con su vida. Pero si hubo una imagen que me persiguió, de forma obsesiva en este largo tiempo, fue la lectura de un poema de Cyprian Norwid que Krystina y Maciek (el futuro asesino de Szczuka), encuentran inscrito en los muros de una iglesia bombardeada. La imagen de un Cristo sangriento pende boca abajo entre los escombros antes de que ella  descubra y lea el poema:

So often, are you as a blazing torch with flames
of burning rags falling about you flaming,
you know not if flames bring freedom or death.
Consuming all that you must cherish
if ashes only will be left, and want Chaos and tempest
Or will the ashes hold the glory of a starlike diamond
The Morning Star of everlasting triumph.

A pocos metros, en la cripta, están los cuerpos de los dos militantes que Maciek había asesinado brutalmente esa misma mañana.

Han pasado los años y gracias a la videoteca universitaria  de la ciudad donde resido, hemos podido volver a ver la misma película, y nos ha vuelto a sobrecoger de la misma manera. No sé si he dicho que ella y yo seguimos juntos. Ni Pepe Amodeo ha podido con nosotros, ¡Y mira que lo ha intentado!

CG

Podéis ver aquí el video de la lectura del poema en Cenizas y diamantes.

viernes, 12 de marzo de 2010

Señora de rojo sobre fondo gris

Recorrer el camimo que hay entre mi casa y la Biblioteca Pública me sirve para recordar que la primera novela de Miguel Delibes que leí, allá por 1963 ó 1964, se titulaba Las ratas. Desde entonces nunca he olvidado al Nini, un niño inteligente, primitivo y de rural nobleza -carente de heroicismos superfluos y prescindibles-, que el escritor ubica en la vieja Castilla. Ni a su perra Fa, certera como ningún otro animal del entorno para cobrarse las ratas con las que subsistían el niño y el Ratero, su padre.

Tomo de la estantería Señora de rojo sobre fondo gris, de la editorial Áncora y Delfín, y al más puro estilo de las Sortes Virgilianae, abro el libro de forma caprichosa:

"Tu madre aceptó el aplazamiento alborozada, como un escolar ante unas vacaciones suplementarias. Nos organizamos de acuerdo con sus deseos. Las mañanas, después de pasear una hora por los jardines de la clínica, transcurrían en el Prado, yo con el Goya negro, ella con el Greco. Es más espiritual; no estoy para dramas, se justificaba. Dos horas más tarde nos reuníamos con tus hermanos para comer en tu casa, ella se echaba un rato y después nos íbamos al cine, a la primera sesión, merendábamos en casa del tío Juan, con mis hermanos, y a las ocho volvíamos a la clínica, ella a su cama, yo a mi catre penitencial. Este plan de vida fuera de casa, con el espejito a mano, sin obligaciones que atender, suscitó en ella una euforia pueril; me hizo acompañarla al zoo y al Museo de Cera, se abrió al pasado, y en nuestros paseos matinales, entre las hojas secas, reconstría nuestra vida en común, la pequeña historia de nuestros amores adolescentes, la penuria franciscana de entonces, la Universidad, el primer beso, la Medalla del Salón de Otoño, la boda, la beca en París, el semestre en Washington, los hijos, los nietos, vuestro encarcelamiento. Tenía el privilegio de ver las cosas por el lado optimista y yo le seguía la corriente..." (págs. 139-140).

Dar un repaso a la vida mientras se pisan hojas secas: qué recurso más acertado... Gracias, D. Miguel, por redescubrirnos en su literatura. Gracias por su mejor personaje -el Cipriano Salcedo de El hereje-cuyo exitus me hizo llorar una tarde de Diciembre del año 1999.

Desde este humilde rincón de un mundo tecnológico del que usted decía desconocerlo todo, permítame recordarle como un ejemplo al más puro estilo machadiano: un hombre bueno. Hasta siempre, maestro.

CG

jueves, 11 de marzo de 2010

Un año: llega el tiempo de las flores...

En estos días se cumple un año de un acontecimiento que fue trascendente en la vida de CG, y, por tanto, de la mía. Arrancó en el tiempo de las flores y ha llegado de nuevo el tiempo de las flores. A aquella primavera plácida con que se inició la retirada de las trincheras de CG le siguió un verano riguroso y abrasador; luego vino un otoño previsible, de tonos suaves y conformes que devino en un pronto invierno, el cual, a su vez, está resultando un sexagenario de grave y tormentosa existencia; y, tal y como vemos en el paseo de Hugh Grant en la calle de Notting Hill, un año de abatimiento es lo que, al parecer, necesitará el personaje para poder vivir sin la presencia de Julia Roberts.

A mi me parece que CG está aprendiendo a vivir sin aquellos a los que dejó, pero, obviamente, no los olvidará nunca... Es lo que suele ocurrir, ¿no?

Pepe Amodeo

lunes, 8 de febrero de 2010

Guardar silencio

Cuando se elige el silencio y no se está en una biblioteca, en un templo o en la sala de espera de un hospital, uno se siente locuaz en su hermetismo. Es un derecho mantenerse en silencio. Y ejercerlo. No importa quién nos espere para que oigamos y hablemos, porque la omisión de la palabra no lesiona. Sabemos que en ocasiones el silencio es reactivo, como por ejemplo la renuncia de algún escritor a llevar a cabo su tarea como denuncia ante el horror. O bien por un sentido práctico: De lo que no se puede hablar hay que callar, dice Wittgestein en su Tratado Lógico Filosófico.

Empecé a usar el negro puro como un color de luz y no de oscuridad, dijo Henri Matisse. Peo no necesariamente ha de ser el negro el símil del silencio. Acaso su inverso, el blanco, lo simboliza de forma más expresa. Como los tres Tacets de John Cage en 4’ 33’’...

A Pepe Amodeo le instan en estos días a que hable. Y él ha optado por el silencio. Y yo pienso compartirlo con él. Es un derecho, puede ser pertinente y va a resultar oportuno. No vamos a servir a dioses irredentos, ni esperamos que astro alguno vaya a cambiar de brillo y posición.

Volveremos, y el silencio seguirá siendo el diálogo viviente entre las estrellas, los secretos que los vientos no comparten y la memoria de las estatuas.

Hasta pronto.

CG / Pepe Amodeo

viernes, 25 de diciembre de 2009

El mito de Ulises según Theo Angelopoulos

Al principio Dios creó el viaje, luego la duda y la nostalgia. Con esta frase recibe un amigo al protagonista de La mirada de Ulises, del director Theo Angelopoulos. Las imágenes se suceden durante más de ciento cincuenta minutos: un barco portando un gigantesco Lenin, troceado como un rompecabezas, recorre el Danubio convertido en símbolo del último imperio balcánico, ya desmembrado y en descomposición; nieblas persistentes que al final revelan los horrores y la barbarie de la guerra (que son todas las guerras); funcionarios del viejo régimen que retiran pasaportes a la menor ocasión; un homenaje a todos los grandes del cine mundial: Bergman, Murnau, Eisenstein, Dreyer, Resnais, Kurosawa, Griffith, Buñuel, Antonioni... En definitiva, la búsqueda de unos rollos de películas del primitivo cine griego como pretexto para demostrar la vigencia de la tradición de Odiseo, acaso el más universal de los mitos que ha proporcionado la civilización helena, Estoy perdido, ¿a qué tierra extranjera he venido a parar esta vez?, dice el protagonista en el corto con que Angelopoulos homenajea a los Lumière en Lumière y Cía (1995)

Y sobrevolando todo el film, la exquisita música de Eleni Karaindrou. ¿Acaso son habituales las mujeres compositoras? En absoluto. Pero esta autora, además, ha creado numerosas bandas sonoras, casi todas tan bellas, o más, que ésta:

http://www.goear.com/listen/766fc04/ulysses-theme-eleni-karaindrou

Me dice Pepe Amodeo que al admitir que hasta ahora no me he acercado al mundo de T. Angelopoulos no hago sino poner de manifiesto mi bajo nivel de instrucción cinematográfica. Touché. Pero el placer de haber descubierto -tarde, ya lo sé-, a este director de culto y quererlo compartir con alguien que se asome a estas páginas, supone para quien esto escribe una doble intención: demostrar que nunca es tarde para los nuevos descubrimientos, y luego preservarlos, claro. Faltaría más.

CG

jueves, 26 de noviembre de 2009

Un retrato


Considerando el modo de trabajar de un pintor que en mi casa empleo, hanme entrado deseos de seguir sus huellas. Elige el artista el lugar más adecuado de cada pared para pintar un cuadro conforme a todas las reglas de su arte, y alrededor coloca figuras extravagantes y fantásticas, cuyo atractivo consiste sólo en la variedad y rareza. Así comienza Montaigne el capítulo XXVII, titulado De la amistad, contenido en los Ensayos, su obra más significativa.

Si elijo esta entradilla es porque eventualmente el ensayista se sirve de la figura de un pintor para, posteriormente, abundar en su discurso sobre lo que -con certero juicio, como siempre-, el ejercicio de la amistad reporta a la condición humana.

Y aquí viene la paradoja, porque un amigo nos sorprende con una recomendación inusual en él. Un dato, un nombre vinculado a la red, nos derivan a un blog personal de los que tanto abundan en la Nube y que difiere de este mismo sólo por el material grafico que contiene. Se trata de Ángel de la Custodia, pintor de Rota, Cádiz.

Tras observar la decena larga de cuadros que el autor ofrece a los visitantes de este blog, me vuelvo una y otra vez para contemplar el detalle del retrato de su padre, del que, además, ofrece un primer plano del rostro. El título es revelador, Mi padre, y, más abajo, le añade una frase rotunda y esclarecedora: Homenaje a mi padre.

Aunque resulte obvio decirlo, todo arte que no promueva la vida es vano e inútil. El artista, por tanto, deberá despojarse de experiencias estéticas aprendidas y quedarse sólo ante el objeto interpretado. Es en ese momento cuando aparece el misterio: lograr que el tránsito de lo percibido al soporte genere una experiencia sublime, la misma que deberán percibir quiénes finalmente acaben contemplándolo. En el retrato que aquí comentamos aparece un hombre de aspecto formal, con la seriedad justa, proporcional a la madurez representada. Las gafas que lleva aparecen etéreas y sutiles, en contraste con el tono severo de la piel del rostro, que se manifiesta curtido y atezado. Una frente ancha y noble recibe un sol que le hace fruncir los ojos, posible defensa de quien puede pasar muchas horas bajo la luz de la costa meridional. El rostro transmite serenidad y entereza y el ángulo de inclinación del cráneo en relación al cuello denota una actitud entre la abstracción y la espera. Viendo esta obra no se puede dejar de percibir el gesto de amor del pintor que, con este retrato, pretende homenajear a su padre. Otro creador, esta vez un escritor, festejó la figura de su padre con palabras proverbiales, magníficas. Antonio Muñoz Molina, en su novela El viento de la luna, perfiló la siguiente frase: "Debería uno conservar siempre el recuerdo de la última vez que caminó de la mano de su padre."

Tanto Pepe Amodeo y yo animamos a Ángel de la Custodia a que siga proyectando en sus cuadros la misma mágica luz de Rota, los mismos cuerpos que hablan el lenguaje de los gestos y a continuar retratando expresiones, que no rostros. No será en balde y estará propiciando la memoria, oponiéndose al olvido.

CG / Pepe Amodeo

sábado, 14 de noviembre de 2009

Lo memorable

No todo lo que nos ocurre en la vida puede alcanzar la categoría de memorable -una de mis palabras preferidas-, que designa aquello que es digno de ser traído a la memoria, de ser rememorado. Y de evocación, podría añadirse.

Reconozco que siento una debilidad especial por el artículo que hoy traigo aquí, publicado en El País por Soledad Puértolas en octubre de 1992 y que se titula La insufrible suficiencia de algunos camareros. Le debo a dicho artículo no sólo que estimulase en mí la lectura del Libro del desasosiego, de Pessoa, escritor que ya conocía –fue Rolando Campos la primera persona que me habló, mediados los 80, de los heterónimos de este poeta-, sino por su peculiar interpretación de la extrañeza, propia y ajena, a veces vivida con especial dramatismo por quienes padecen en grado variable esa cualidad de la conducta llamada empatía. Pero nadie parece haberse parado a pensar que el empático puede sufrir. Como es una actitud que los psicólogos califican de inteligencia interpersonal, pues adelante, estas personas pueden aguantar sin inmutarse lo que se les eche. No voy a listar los agravios a los que a diario la Materia –al decir de Pessoa-nos somete. Volviendo de nuevo al Libro del desasosiego, en el capítulo 49, titulado /DIARIO AL ACASO/, escribe en el tercer párrafo: ¿Será que mi costumbre de colocarme en el alma de los demás me lleva a verme como me ven los demás, o me verían si se fijasen en mí? Y más adelante: Convivir con los otros es una tortura para mí. Y tengo a los otros en mí. Al final concluye: No tengo hacia donde huir, a no ser que huya de mí.

En el mismo día en que escribo este post leo en los periódicos que Soledad Puértolas disertó ayer en el Festival Eñe sobre Las enfermedades de los escritores. Seguro que habrá realizado una ponencia seria y rigurosa, y, por tanto, carente de patrones estadísticos. Estudiando las vidas de los escritores que les hayan servido para documentar la conferencia, le habrá valido más la empatía y la intuición que la retórica de los números. Y es que ya se sabe, para explicar este mundo están las mentiras, las grandes mentiras... y las estadísticas.

CG

Nota.- Soledad, gracias por haber escrito un artículo tan memorable como éste.

martes, 10 de noviembre de 2009

Fields of gold.- Eva Cassidy

Dicen que Sting lloró cuando la escuchó cantando este Fields of gold. No sé, pero no es difícil dejar que una lágrima -inconfensable y delatora-, busque nuestra mejilla al escuchar esta voz, tan mágica como sorprendente. Hoy ni siquiera hay firma, sólo vale escuchar y guardar silencio.

domingo, 25 de octubre de 2009

La noche

Lo que deshacemos durante el día, la noche lo reconstruye.

Las incógnitas que componen la noche sobrepasan las leyes que configuran cualquier ecuación jamás conjeturada. ¿A dónde va cada noche pasada? Se puede pensar que todo alba tiende un puente por el que esa noche, recién desaparecida, se funde de inmediato con las lejanas noches, originales y primigenias, en las que el Caos no se daba tregua a sí mismo, al tiempo que configuraba sueños perdurables, mitos arcaicos, leyes universales...

Lo que deshacemos durante el día, la noche lo reconstruye, como si de una segunda y particularísima ley de una inexistente termodinámica se tratase. Luces cautivas que rondan alrededor de las completas; heptasílabos que buscan manos que los inmortalicen; indómitas tinieblas que de continuo se debaten entre la razón y el odio; el rocío perfumado con el que cada noche las estrellas riegan los desiertos; fanales que solo guían al silencio, trasunto de la noche como el día lo es de la palabra; soledades perennes, arropadas por voluntariosos mantos de esperanzas; escenarios irreales donde dioses y humanos cruzan anhelos, pasiones y quimeras... Es la noche.

Hoy los relojes se vuelven más tiranos y adelantan la noche, que acaba de entrar con su paso mudo y taciturno, inundando el espacio con negruras admirables, soberbias, secretas.

Son las diecinueve y veinte. Un acogedor y tibio regazo se adivina en un futuro inmediato. Ya se nos ocurrirá qué le entregamos a cambio.

Pepe Amodeo

jueves, 15 de octubre de 2009

Sevilla, Damasco, Taormina...

Mañana se entregan los premios del IV Certamen Literario Apoloybaco. Pepe Amodeo y yo celebraremos todos los premios que concede, generosamente, esta asociación -a la que hemos visto crecer saliendo de la nada-, pero de una manera especial el de Poesía, que ha recaído en la poeta sevillana María Sanz. Hay pocos asiduos a este blog, pero a quienes se asoman al mismo con cierta frecuencia no les extrañará esta continua presencia, dado el interés que siempre hemos mostrado por divulgar, de manera modestísima, claro, los acontecimientos editoriales y los recientes éxitos de MS. (Veáse aquí y aquí),

Por razones que no vienen al caso hemos tenido acceso al poemario presentado a concurso. Diez poemas conteniendo diecinueve versos, exactos, en cada uno de ellos. La estructura de los poemas se asemeja a la silva clásica, es decir, heptasílabos y endecasílabos que riman de manera libre. Pero estas formalidades poéticas con las que se ven adornadas los poemas recogidos en La luz no usada –tal es el título del trabajo premiado-, con ser importantes, no son, a nuestro entender, el mayor merito. La ciudad, su ciudad, es decir, Sevilla, es la destinataria final de unos poemas que invitan al sosiego de la luz detenida en conventos, colegiatas y arrabales, pero también reivindicar la memoria de Axataf, ese entregador de la Sevilla musulmana al inefable Fernando III que ...sentía partir hacia su historia / jamás rendida, siempre / entregando unas llaves, / pero no la amargura de perderlas.

A diferencia del imaginario de Italo Calvino en Las ciudades invisibles, una gran colección de sueños poblados por arquetipos de urbes rotundas y magníficas, la que propone MS es una ciudad que proyecta escorzos imposibles (No ha subsistido, sólo/ compone la estatura / que se espera de tanta nombradía, / visión desde las bóvedas / reflejada en mecido campanario), portadas de templos que sustentan el recuerdo de una gubia imaginaria, o el anidamiento de los siglos sobre barbacanas y yesos medievales. La circunstancia es Sevilla, pero, en abstracción, podría estar hablando de Damasco, Florencia, Cádiz o Taormina. MS sabe que cada ciudad es un universo que tiene como pilares el transcurrir de los siglos y la luz inagotable, no siempre usada o registrada, que refleja y devuelve su arquitectura.

Es más que probable que el poemario sea parte de un libro más amplio, más extenso que ojalá veamos prontamente editado. Aguardando su aparición nos consolaremos con este poema, otra apuesta por su ciudad, en conmovedora clave mística.

LA CIUDAD

La ciudad que se eleva
en nombre de su cielo,
entre las espadañas
y el aire de sus torres;
la ciudad que se alumbra
con mármoles romanos,
con oros de las Indias
y de los palios místicos,
es la misma que me hunde
en sus atardeceres
lentos como una herida
sin cerrar; en sus noches
amargamente lentas,
como otra herida propia
de quien debe morir,
amándola, sin nadie
.

María Sanz.
Tanto vales, 1996

CG / Pepe Amodeo

jueves, 1 de octubre de 2009

Cine en Nueva York (New York Movie, 1939)

En la mayoría de los cuadros de Hopper sólo se observa una figura. La luz, los pocos objetos, o decorados, que rodean a esta figura componen casi siempre una instantánea, un tiempo suspendido previo a algún acontecer, intuido solamente por quien observa. Este cuadro, que se encuentra en el MoMA de Nueva York, fue pintado en 1939, hace ahora setenta años. En aquella época, incluso en años posteriores, acudir a una sesión de cine era hacer concesiones a un mundo mágico, irreal, un mundo para la introspección y la fantasía, donde no tenían cabida elementos ajenos a lo que transcurría en la pantalla. La acomodadora de esta pintura, rubia y esbelta, recibe una luz directa sobre cabellos y hombro desde el aplique de pared que queda por encima de su cabeza. Más arriba de la escalera se adivina un espacio mejor iluminado, ocluido por la distancia y el pliegue de las cortinas. La joven, en actitud de espera, parece meditar sobre algo, y su mirada se pierde en un punto indeterminado del suelo o de la sala de butacas. La mano derecha, al apoyarse sobre la mandíbula, refuerza la expresión ensimismada del rostro, mientras que la izquierda, además de hacer de soporte del codo, deja entrever una linterna. Viste un sobrio uniforme cuya linealidad se interrumpe cuando detenemos la mirada en sus pies, calzados con zapatos de tacón elevado y tiras, muy elegantes. Un esbozo de columna salomónica separa la escena de la obligada oscuridad de la sala de proyecciones, donde la luz turbia de los grises surgidos de la pantalla se ven neutralizados por el efecto anaranjado de los focos del pasillo. Tan solo un perfil masculino se insinua en la zona de los espectadores y no es en absoluto necesario adivinar cuál es la película que está siendo proyectada. La tiniebla que inunda el cuadro es circunstancial, no tenebrosa, y en ella se respira un fugaz reducto de solitud y recogimiento. El hechizo de la inmovilidad, del instante suspendido, que a menudo desfila ante nuestros ojos sin que sepamos atraparlo.

CG / Pepe Amodeo

martes, 22 de septiembre de 2009

El otoño. Luis Cernuda

Dentro de un par de horas entrará el otoño, la mejor de las estaciones, según Pepe Amodeo. Selecciono textos de Pessoa, José Hierro, Juan Lamillar, Benedetti. Al final me quedo con el capítulo dedicado a la estación que aparece en Ocnos, posiblemente la obra más relevante, en prosa poética, del escritor sevillano.

Encanto de tus otoños infantiles, seducción de una época del año que es la tuya, porque en ella has nacido.

La atmósfera del verano, densa hasta entonces, se aligeraba y adquiría una acuidad a través de la cual los sonidos eran casi dolorosos, punzando la carne como la espina de una flor.


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CG

viernes, 18 de septiembre de 2009

Bibliotecas públicas

Cuando yo tenía catorce años, allá por 1963, visité por primera vez la biblioteca pública de la ciudad en la que vivía. Creo recordar que estaba auspiciada por la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Sevilla, en la calle Rioja. La luminosidad de la sala de lectura, el silencio reverencial que se respiraba en el local y la impecable colocación de los libros en los anaqueles, hacían que el lugar tuviera un inusual atractivo para el niño que yo era entonces. En mayo del pasado año, Antonio Muñoz Molina escribió un memorable artículo sobre las bibliotecas públicas titulado De una biblioteca a otra. Si lo vuelvo a recordar aquí es porque, cambiando los escenarios –el de él en su Úbeda natal y el mío en el ya inexistente edificio de la calle Rioja-, suscribo cada línea, cada párrafo del artículo que apareció en Babelia, el suplemento cultural de El País.

Ahora acudo a otras bibliotecas de forma frecuente. Incluso cuando viajo, si me encuentro de manera casual con alguna biblioteca abierta, entro sin complejos para curiosear sus tablones de anuncios, comprobar las diferencias y similitudes que hay en ellas a la hora de mostrar las recomendaciones y novedades, los anuncios de los clubs de lectura. He podido hacerlo en León, Setúbal, Oviedo, Barcelona, Salamanca...

Hace unos días recordé ese poema de Bukowsky, The burning of the dream (El incendio de un sueño), sobre el incendio de la Biblioteca Pública de Los Ángeles, en 1986, el cual puede leerse al completo aquí. Sin embargo no puedo dejar pasar la ocasión de transcribir, directamente a este post, algunos de los versos del poema que más me conmovieron:

La vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles
muy probablemente evitó
que me convirtiera en un
suicida,
un ladrón
de bancos,
un tipo
que pega a su mujer,
un carnicero o
un motorista de la policía
y, aunque reconozco que
puede que alguno sea estupendo,
gracias
a mi buena suerte
y al camino que tenía que recorrer,
aquella biblioteca estaba
allí cuando yo era
joven y buscaba
algo
a lo que aferrarme
y no parecía que hubiera
mucho.
Y cuando abrí el
periódico
y leí la noticia sobre el incendio
que había destruido la
biblioteca y la mayor parte de
lo que en ella había
le dije a mi
mujer: "yo solía pasar
horas y horas
allí ..."

Pepe Amodeo

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Ladrón de Espadas (II)

Para leer Ladrón de Espadas, de León Asuero, no hay que ser un experto en metaliteratura, ni en novelas de acción y espionaje, ni estar al día de las lecciones literarias impartidas por las autoridades intelectuales del momento. Nada de eso. Pero si alguien se tiene a sí mismo por lector intrépido y singular y le atrae realizar un recorrido por la historiografía de espadas y de imperios perdidos, no tiene miedo a perderse por intrincados recorridos de ciudades como Londres y Sevilla, se muere por vivir experiencias junto a senegaleses semaforeros y a policías femeninas de rompe y rasga, retomar historias amorosas con marcados carácter adolescente y admite que es lícito divertirse con arquetipos de los que encontramos en los cómics de Tin Tin o de Corto Maltés, esta puede ser su novela.

Es el segundo trabajo de León Asuero que aparece en las librerías. En la primera novela, Las Congregadas del Vaso, ya nos mostró su capacidad para fusionar historias donde los protagonistas, al tiempo que eran usuarios de las nuevas tecnologías, acababan cayendo de bruces en el seno de sociedades secretas, incluidos el culto a remotas y ancestrales deidades de oscuro origen. La estrella de la nueva novela es ahora un personaje de nombre impronunciable, cuya tarjeta de identidad son los buenos sentimientos. León Asuero no es maniqueo, es que la vida en el universo de Ladrón de Espadas está animada y coloreada con las acuarelas de la narrativa clásica de todos los tiempos –los buenos son buenísimos y guapos y los malos, malísimos y feos-, a la vez que usa recursos originales para la crear la atmósfera del relato: no hay diferencia entre una copla de Rocío Jurado y un tema clásico de los Beatles; las canciones de Frank Sinatra tienen el mismo brillo que una cita culta en la que se nombra a Hildegarda von Bingen; los humillados y desposeídos de todas las épocas pretenden ser vengados por un héroe herido y anónimo del que conocemos sus acciones, aunque nada nos hable de su doloroso pasado; el lujo de hoteles londinenses se contrapone a las chucherías (no se me ocurre otra palabra), con que el protagonista obsequia a su amada...

Las continuas evocaciones a la manzanilla de Sanlúcar, a las cañas en las tascas sevillanas, a los altramuces, a las olivas, a la playa de Bolonia en Cádiz -lugar desde el que se cuenta la historia-, y, sobre todo, la acción alrededor de la espada de Fernando III el Santo, pueden hacer que la obra sea excesivamente localista. No obstante, valores como el altruismo, la ayuda desinteresada, las ONGs o los amores platónicos con final feliz, trufan una divertida historia de atrevidos soñadores, que, para colmo, son personas de bien.

Thriller en el primer trabajo, comedia en el segundo. Dos registros prometedores para este novel escritor sevillano. Ya nos confirmará por cuál de ellos se decanta.

CG / Pepe Amodeo

martes, 1 de septiembre de 2009

En algún lugar un sueño

... pero una cosa, o un número infinito de cosas,
muere en cada agonía, salvo que exista una memoria
del universo, como han conjeturado los teósofos.
El testigo, Jorge Luis Borges

Khedar Ahmed no lo sabe aún, pero son los últimos momentos que le quedan para contemplar su ejemplar del Corán que duerme bajo su casaca o de acariciar el kalashnikov que le acompaña desde que tenía diez años, aunque ahora el arma lleva muchos meses en completo silencio. Los mismos que hace que conoció a Abú Azra, un talibán que le musitó Sólo Alá es victorioso de una manera que no había oído nunca. Aquel maestro le salvaría el alma mientras saboreaba los assúras del Libro de los Libros como si fueran los dulces que había probado una única vez en sus cincuenta años. En un barrio periférico de Qunduz va a ser encañonado por Bill Sloane, un marine burdo e ignorante que le arrebatará los dos únicos objetos de valor que va a poseer en toda su vida. El americano pesa ciento veinte kilos y no llegan a diez las horas que ha invertido en toda su vida en leer cualquier tipo de texto, incluidos los rótulos de las autopistas. Naturalmente fue la pesadilla durante varios cursos escolares en una escuela pública para Patrick McMahon, buen maestro y mejor hombre de origen irlandés, que nació en Maine en el seno de una familia librepensadora que tenían como tradición llevar flores, al menos una vez al año, a la tumba de H. D. Thoureau, el filósofo rebelde enterrado en Concorde que se negó a pagarle impuestos a un gobierno que le tenía declarada la guerra a los pieles rojas. El padre del maestro, Horace McMahon, socialista, masón y romántico, murió en Brunete en 1937, formando parte de la IX Brigada Internacional que luchó en la contienda civil española del lado del gobierno republicano. Nadie lo sabe, pero al americano lo incluyó en la lista de bajas del parte diario de guerra un linotipista, Sabino Beltrán Arrabales, que acaba de expirar, absolutamente solo, en una residencia de pensionistas en Brihuega. Su hijo, Vicente Beltrán Peña, un emigrante prejubilado en Alemania, tardará mucho en enterarse: hace dos meses que abandonó su hogar, cuando se dio cuenta, en el mismo día, que su hijo era un neonazi que se avergonzaba de su apellido y que su mujer le había estado engañando durante años con el jefe de su antigua empresa. Ahora vive en Dresde, en una habitación limpia e iluminada que le ha alquilado Natia Radisj, una anciana turca que no le ha hecho demasiadas preguntas porque desde el primer momento le ha recordado al primer y único hombre que hubo en su vida, Simón Benabidesh, el ingeniero judío que la enamoró en Smirna, en una playa del mar Egeo cuyo nombre ha olvidado, con el que mantuvo varios meses una relación apasionada y prohibida. El judío sefardita la abandonó para viajar hasta Belo Horizonte, en Brasil. En la madurez, rico y triunfador, tratando de valerse de los poderes que siempre le atribuyó a la Cábala, se arruinó en dos noches seguidas de incontables apuestas al 33, en su doble variedad de impar y rojo. Tuvo tres hijos, y en este preciso instante un nieto suyo al que algunos llaman Ferreiro, dormita intranquilo en una favela miserable en las afueras de Río. Es un niño de edad incierta que bien podía haberle servido de modelo a Sebastiáo Salgado, el fotógrafo de los desheredados. Vive de la basura en uno de muladares de la ciudad y hace un par de días que rescató del fondo de la inmundicia un reloj que él adivina que es de oro. La joya, envuelta en su estuche, estaba dentro de un vaso de plástico y apareció cuando destripó un saco que contenía los desechos de un vuelo internacional procedente de Holanda. A Ferreiro le asalta la duda sobre cómo tiene que convertir el hallazgo en simple dinero. De momento ninguna de las personas que lo acompañan debe saberlo: de lo contrario corre el peligro de que cualquiera de ellos acabe rebanándole el cuello para robárselo. La azafata holandesa, la misma que extravió el Cartier mientras vendía objetos de lujo y servía champán a los viajeros del Bussines Class del vuelo 847 entre Amsterdam y Río de Janeiro, se llama Danika Rotier. Está recibiendo la carta de despido de la compañía KLM como sanción a la pérdida, por lo que no solo no cobrará nada, sino que tendrá que devolver, a una aerolínea que gana miles de millones, varios miles de florines, perdiendo los pocos ahorros que reservaba para ampliar sus estudios de arte. Dos plantas más arriba de donde ella seca sus lágrimas se encuentra el ordenador que ha decidido que a Danika la sustituirá Keno Mitsusio, una japonesa residente en Rotterdam que habla cinco idiomas y cuyo padre, Akira Aso, ha invertido casi toda su vida en escribir un poema de una sola línea que le cambia la vida a toda aquella persona que lo lee. Lo culminó el último invierno que pasó en Hokkaido, mientras contemplaba los impolutos calcetines blancos de un monje que dirigía una ceremonia sintoísta. Una poderosa agente literaria india, con oficina en Kuala Lumpur, acaba de perfilar una estratagema legal por la que el autor japonés recibirá infinitos honores, pero todo el dinero que genere la publicación del poema irá a parar a su bolsillo. Sisnaá Ammurati, que así se llama la agente literaria, es hija de una intocable sexagenaria a la que le está curando las úlceras de las piernas Martha Jaunot, una enfermera canadiense que trabaja en Madrás en una misión humanitaria. Se trasladó allí huyendo de la locura que la acechaba en su solitaria casa de los alrededores de Edmonton, Alberta. La marcha hacia la purificación por el horror se la había recomendado su psicoanalista, tras una sesión en la que le confesó que llevaba un año en el que sólo conciliaba el sueño si vestía para dormir el pijama de su marido, muerto en accidente de tráfico. El terapeuta es un enemigo de la escuela freudiana y se llama Joao Tomé. Es mozambiqueño y desde Canadá mantiene correspondencia electrónica habitual con un natural de la Martinica, al que conoció en una tertulia literaria vía Internet. El isleño, que ha bebido largamente de los textos de Helena Blavatsky y de Gustav Meyrink, se acaba de levantar y teclea en su ordenador una interminable e inconexa historia de individuos unidos por la mera condición de ser sujetos planetarios. Lo que este hombre no sabe es que muy lejos de allí, a los pies del monolito Uluru, o Ayers Rock, en territorio australiano, un aborigen anodino y anónimo sueña las ideas que seguidamente él vuelca en sus escritos, y que, este soñador, ocupa el lugar correspondiente a una desdeñable neurona del supuesto cerebro de un conjugador magnífico de cielos e infiernos al que algunos, todavía, lo invocan llamándole Dios.

Pepe Amodeo
Diciembre, 2001